Sin embargo, no
quiero pensar en el mal que parece sumergirnos, sino que prefiero agradecer a
Dios el estupendo don de la vida.
Hemos de pedir
al Señor que mantenga firmes en su empeño a todos aquellos que, comenzando por
nuestros padres, han luchado y todavía se esfuerzan para que la vida continúe
floreciendo y desarrollándose.
Ante tanto mal,
Dios continúa sonriéndonos cada vez que una mano se abre al bien, y una voz
defiende al débil, como es el niño.
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